El metiche de marras

lo mirable del thurmasthell aquel

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Monday, September 24, 2007

la muerte no es la misma

Digan lo que digan los filósofos de bolsillo, la muerte no nos empareja, no por lo menos en el plano de los vivos.

Sunday, September 16, 2007

¡Independientes!

Ayer celebramos nuestra gran independencia (a lo que sea) comiendo pizzas y hot dogs, bebiendo coca cola mientras entonàbamos rolas de lo mejor del Pop en inglés. Dimos el grito sonriendo a la cámara musitando un whisky!
Recorrimos los puestos de piratería china y a través de nuestros sombreros forrados de fieltro importado, presenciamos ellamentable discurso oficial con la eterna cantaleta de los héroes que nos dieron patria y libertad.

Friday, September 14, 2007

La vocación del ambulante

Sólo basta que la situación se presente para que comiencen a germinar cual hongos, los vendedores de souvenirs allí donde menos te lo esperas.
Basta que una calle cualquiera muestre cierta desigualdad para que en un huequito aparezca de pronto una vendedora de tamales o chalupas. Basta que una banqueta esté un poco más ancha que las otras para que un puesto de mallas cuadriculadas se ensamble de pronto y exhiba desde discos y pelis piratas hasta cinturones, gorras, bolsos y chucherías de esa ralea.
Es más, basta que una carretera ofrezca una dosis adecuada de topes ("reductores de velocidad", se lee en algunos señalamientos carreteros), para que ahí mismo te ofrezcan gorras, accesorios para auto, piñatas, por la vía corta a Puebla vemos piñatas, voceadores, fruta de temporada, sidras apiladas en los camellonos, papalotes (a la altura de Papalotla, ¿dónde más?), talavera y otras cosas propias de la zona.
Pero lo que me lleva a escribir esto es la cantidad francamente pintoresca de los que ahora han asaltado ese pequeño tramo que viene desde el seminario de la Y Griega hasta poco antes de San Matías. Ahí, a distintas horas es posible encontrar tamales y jugos de naranja, duraznos, tunas peladas con todo y su bolsita de chile piquín, dulces, cacahuates y garapiñados, tortas preparadas, refrescos en lata que toman de una tina con hielos al costado de la carretera, franelas, entre otras linduras. Ya hay por lo menos dos vendedores de bon ice, vamos, que hasta un supermán de hule ya vi por ahí. Luego está el detalle que los vendedores tienen sus camionetas por ahí estacionadas para surtirse, y en caso de fatiga, ir a sentarse, hechar taco carretero y cotorrear el punto a la sombra de una lona azul. Me quedé con ganas de ver si por ahí oculto andaba un Sanirent.
Pero ¿saben que es lo que más me llama la atención?
Uno como sea ya ubica a los ambulantes por una indefinible fisonomía. Como que son morenos, con aire de curtidos por el sol, como una característica indumentaria, en fin ustedes entienden. Lo que he visto últimamente es a chicas con pinta más de estudiantes en día de pinta que de chavas trabajando por el sustento. Bonitas viceras, deditos lindos, boquitas pintadas y gestitos de no soportar el calor pelante, vendiendo accesorios para celulares, peluchitos, cuadros de esos de marco rústico y barniz espeso.
Ante esas, no me extrañará ver dentro de poco, y ante la tardanza de la obra, unos locales como dios manda, para que uno pase como en el super: revisando las etiquetas y eligiendo que comprar al vendedor en turno.
Lo que si me extraña es no ver a cierto amigo, excelente contador de historias, ejerciendo su otro oficio de vendedor de cuadros en carretera.
Saludos amigo!!!
Ah, para todos ustedes: la próxima vez que andemos por esos rumbos, si llegamos a coincidir, ¡yo invito las tunas con chilito piquín!

Me caí de la azotea en que andaba

Iba a poner "...de la nube..." Pero eso ya me sonaba a cursilería no propia para narrar un suceso absolutamente trivial pero que me dejó con una sensación curiosísima.
Y es que a mis treinta años, el caer de esa manera, cual mocosito de preescolar, no era para menos que reírme de mí mismo además de lo que lo harían quienes me hubieran visto.
Adjunto al suceso, ya venían sumándose otras caídas más alegóricas, como la caída de mi cabello hace cosa de dos meses, la caída de mis playeras negras ante un bárbaro sol despellejante, o la caída de mis hombros ante el embate de mis deudas. En fin.
Pero de lo que se trata es de contar que hace unos días, mientras preparaba el desayuno, escuché al gasero vociferar desde la calle, y para evitar que se me fuera a escapar, bajé corriendo las escaleras de mi casa, driblé el coche del vecino, y de repente, sin saber exactamente como, mi zapato derecho se quedó atorado en una rendija de la loseta, y caí como caería una canoa, hasta dobladito hacia atrás. Sentí el golpe de mis rodillas, de la panza, de mi codo izquierdo y la palma de la mano derecha untándose en el cemento.
Naturalmente solté la risa ¿qué más podía hacer? Bueno, levantarme. Pero la risa no duró mucho, de lo que me sentía adolorido era del estómago. Así que lo más contundido fue mi estómago. Vaya, pensé, como niño.
Así que, nuevamente, haciendo como que no pasaba nada, sin voltear a ningún lado, y rogando porque nadie más hubiera presenciado el ranazo, fui a comprar mi tanque y a colocarlo para, después del baño, seguir cayendo en esta dinámica de caídas y claudicaciones.
ya diré más sobre eso que tenga mayor relevancia; mientras tanto, aún me sigo sobando la panza. Je je je.