El metiche de marras

lo mirable del thurmasthell aquel

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Wednesday, March 30, 2011

Reflexiones sobre la estafa I

Hace algunos meses, en una combi con rumbo a San Martín, una señora sentada junto a mí pidió la parada, se levantó y su hija, que estaba sentada en otro sitio, levantó un billete de doscientos que estaba junto a mí. Titubeó un poco, dudando si era de su mamá o de otra persona. Yo, al notar sus dudas, le dije: es mío; y la niña me lo entregó.
Sabía que ese billete no era mío, pero no sabía si ese mismo billete era de la señora. ¿Quién me garantizaba que no se le había caido a un pasajero antes que ella subiera y que se quedó atorado junto a mi pierna hasta que la niña lo vio? Lo primero que pensé fue en averiguar, hacer toda una encuensta que me demostrara la propiedad indiscutible del billete. Luego pensé: "ni usted ni yo, lo repartimos". Obviamente era imposible, el chofer estaba con el motor encendido y a punto de avanzar. Entonces ahí intervino esa especie de rencor, esa envidia, esa gana de no verme como un pendejo. así que mentí. "es mío" le dije y dejé que se bajara detrás de la señora, que caminaba con pasos cortitos y muy apurada. Todavía hice el simulacro de verificar si mis bolsillos aún resguardaban el resto de mi dinero mientras la niña se quedaba en la banqueta, mirándome, dudando, y aferrada al delantal de su mamá.
Una cuadra más adelante bajé, tratando de justificar con requiebros mentales ese robo al azar.  Poco después me alcanzó un muchacho que venía corriendo. Inmediatamente comprendí que era el buen samaritano que se ofreció a alcanzar al ratero y pedirle amablemente que devolviera el dinero que SABÍA que no era suyo, ya que la señora contaba con ese capital para los gastos de la semana. No había nada que objetar, así que devolví el billete murmurando una disculpa y seguí mi camino, profundamente aliviado y con la certeza de que ese dinero, efectivamente se le había salido de las bolsas del delantal.
Pero al mismo tiempo iba muy incómodo conmigo mismo, pensando en que mi papel había sido el del descorazonado abusivo. Pero para entonces nada que hiciera o dijera me iba a reivindicar, así que aceleré el paso y llegué a la terminal de autobuses, procurando perderme entre las decenas de ignotos pasajeros que seguramente, también venían rumiando alguna estafa que les hubiera sucedido en el transcurso de la mañana.
Estamos acostumbrados a dudar de todo. Esta dinámica de vida a la que nos han venido sometiendo los medios de comunicación, los personajes de la política, los mismos padres y los cuates que insisten hasta convertir en verdad esa máxima mexicana que dicta: El que no tranza no avanza, y si es para la panza aunque te pases de lanza.
Ya no somos de fiar. Ya estamos marcados congénitamente para ser chingones o chingados, sin términos medios, sin dar cauce a un poco de amabilidad y respeto y buenas intenciones, sin sentir que nos están viendo la cara de pendejos.
¿Cómo habrá que hacerle para revertir ese proceso?