El metiche de marras

lo mirable del thurmasthell aquel

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Monday, January 25, 2010

México, creo en ti

México, creo en ti
En la patria suavidad que cantamos a coro
Aunque tus accesos a la misma sean tan ásperos.
Creo en tu afán de procurarte leyes
Y en los hombres que las cambian a cada rato, dependiendo de los intereses de grupo.
Creo en tu legalidad, siempre y cuando esta legalidad me convenga
Porque entonces diré: al diablo las instituciones.
Creo en tu sabiduría para procurarte leyes; federales, estatales, locales y comunitarias, y tu prudencia al cambiarlas cuando el pueblo protesta airadamente por su mala o nula aplicación.
Creo en tus ciudadanos, que sabios más que tus legisladores, afirman que las leyes se hacen para romperlas.
Creo entonces en tu poder de remendar las mismas, como lo demuestran una tras otra tus legislaturas sexenales, que redactan y borran a capricho párrafos enteros de la gran constitución; que merced a tanto remiendo, decreto, anexo, bises e incisos, ha acabado por perder la patria suavidad.

México, creo en ti
Por derecho propio, por tu estado de derecho, porque tengo un derecho inalienable a creer que tengo derechos.
Aunque día tras día me demuestres que tengo derecho a guardar silencio ante los atropellos, o atenerme a las consecuencias.
Creo en mi derecho a pregonar mis derechos y los de mis semejantes, en un país en donde se hace evidente que los derechos se pelean, mas no se garantizan. En un país donde se habla tanto de constitución, precisamente porque nadie parece conocerla.
Creo en el poder de tu voz para exigir tus derechos, pero también creo en el silencio sospechoso de quien debería garantizarlo. Porque al fin que el discurso es parte del derecho a la mentira que todo funcionario y legislador y gobernante y jefe y superior en rango tienen.
Luego entonces, mi raquítico derecho es a elegir entre los previamente elegidos. Y si no votas, entonces Cállate.

México, creo en ti
Porque de tanto en tanto, prevalece el sentido común de tus ciudadanos, que paralelo a leyes extrañas, a ordenanzas absurdas, a legalidad sostenida con alfileres al traje a la medida de los grupos de poder, sabe respetar las normas básicas de convivencia.
Creo entonces más en los mis semejantes, que saben que para vivir en armonía, no hacen falta tantas leyes, sino plena conciencia de paz y de respeto y de concordia y de raciocinio.

México, creo en ti
En tu naturaleza incorrupta, aunque en el camino se te peguen malas mañas.
Creo en tus esfuerzos por quitártelas de encima, siempre y cuando lo que quede de ellas alcancen a beneficiarme aunque sea un poquito.
Porque ya tranzaron, ya avanzaron, ya se sirvieron con la cuchara grande, ya vivieron el año de Hidalgo, ya hicieron su conchita, y ahora va la mía
Y la tuya, y la de todos y cada uno de tus ciudadanos.
Creo en tu incorrupta paz que se ha venido comprando con cañonazos mediáticos, con puestos de confianza, con mordidas para que me deje tranquilo el policía, con el soborno al profe para que me apruebe la materia, con la sonrisa cínica cuando me cachan ensuciando, desperdiciando, tranzando, delinquiendo.
Creo en tu capacidad de dejar de lado tan pegajosa y comodina maña. Porque creo que después de todo y después de tanto, aún se puede limpiar tu imagen de corrupción institucionalizada, siempre y cuando yo y mis semejantes dejemos de ser el estereotipo del corrupto con que te representan.

México, creo en ti
En tu uniformidad, en tu homogenidad, en tu lugar común de que todos somos iguales.
Lo creo más cuando no tengo acceso a ciertos lugares, cuando me veo en la necesidad de cierta imagen, de ciertas actitudes, de cierta presunción de superioridad económica, racial, lingüística o intelectual.
Lo creo todavía más cuando me encuentro a uno de tus hijos más desfavorecidos, cuando al compararme con aquel salgo ganando. Cuando compruebo que me has dado el chance de superarme a costa de aquel pobre infeliz, flojo, ignorante que no supo superarse o aprovechar las oportunidades como yo.
Creo en que todos somos iguales, lo creo firmemente, como creo también que hay cosas y gentes que no deberían mezclarse, porque gracias a dios, siguen existiendo las clases sociales.

Por eso mi México lindo y querido, a pesar de tus dobleces, tus discursos, tus inconsistencias, creo en ti
Creo tanto como creo, que las causas perdidas nos toca encontrarlas.
Creo en mi capacidad y la de mis hermanos y mis semejantes y mis compatriotas, para dejar esa pesada carga de lugares comunes y clichés e ideas preconcebidas, y comenzar a surgir por encima de éstas, mejorando yo como individuo, para mejorarte a ti como país, y así decir con pleno orgullo, y hasta gritar:

MÉXICO, CREO EN TI.

¿INDEPENDIENTES?


¡Qué sublime, qué magnífico, qué fenomenal! Qué portentosa originalidad ésta de arrastrar de acá para allá un fuego único, mágico, simbólico; para celebrar un acontecimiento indiscutible: ¡Somos libres desde hace doscientos años!

Necios de nosotros que aún no nos damos cuenta y seguimos creyendo que por todos lados nos tiene tomados del pescuezo. Ahorcados por las deudas, las preocupaciones, las ínfimas necesidades cotidianas que por más que intentamos solventar, nos agobian tanto por inmediatas como por su constante aumento.
Sometidos por el adiestramiento sistemático y cómplice entre un sistema educativo castrante, un muro prácticamente insalvable levantado por pantallas de artificios frívolos e innecesarios que traen aparejados los grilletes de la dependencia emocional, y un pavoroso duopolio televisivo que nos adiestra para convertirnos en babeantes consumidores y aceptadores de verdades amañadas.
Dependientes absolutos de las voluntades de un monstruo informe que decide por la muchedumbre la mejor manera de tenernos expectantes de sus ires y venires monetarios. Dependientes toxicómanos, asustados cada tanto haciendo filas para un cubrebocas inútil, una vacuna comprada a precio de miedo colectivo, pero incapaces de vacunarse contra ese virus altamente peligroso que es la ilusión de libertad que día a día nos recetan los poderes fácticos.
¿Fuego del bicentenario?
¡Que les quemen las patas a los gandallas que no quieren soltar el tesorito del poder! ¡Que ardan en los fuegos infernales los herejes que nos escamotean la libertad! ¡Que se quemen en la hoguera purificadora sus miles de palabras huecas y sus estadísticas y sus gráficos que porcentuan falamente la disminución de nuestra pobreza!
¡Que se queme todo, que se vaya al diablo, a ver si así, de una vez y por siempre, nos hacemos por fin independientes de esta pinche vida!