El metiche de marras

lo mirable del thurmasthell aquel

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Wednesday, April 10, 2013

¿Y tú por cual votas?


OCIO-CIUDADES XII

Quienes nacemos en una ciudad, sea grande o pequeña, urbanizada o marginal, siempre tendremos esa íntima sensación de ser hijos de ella. Nos sentiremos orgullosos de contemplarla, de recorrerla, de vivirla. Tal como a su vez ella podría, si así lo dispusiera un sistema citadino emocional, enorgullecerse de cada uno de sus hijos. A una madre como ésta la podemos presumir, alardearemos ante los hijos de otra que nuestra madre es mejor, más pulcra, más interesante, más amorosa. Como hijos, también a veces padecemos sus dolores, sus trasegares, sus transiciones.
Una madre como ésta, en su condición genérica de feminidad, está sujeta al padecer, aún no resuelto por la equidad y el género, del abuso y la alevosía de individuos que ven en ella un objeto más para sus tropelías.
Todos sabemos de quiénes se trata, los hemos visto a razón de trienios y sexenios volver a la carga, a la seducción atroz, al cortejo infame del padrote en ciernes. Son ellos los que la humillan, la seducen con el único objetivo de exprimirla, de vivir a costa de ella.
Madre coloreteada, maquillada en exceso para venderla al mejor postor. Chichifos, tratantes de blancas que la obligan a exhibirse impunemente en un grotesco esplendor de gallardetes, espectaculares, tenderetes de vinil, de plástico o de papel impreso en toda la gama de maquillajes partidistas. Le enjaretan adornos, le decoran las faldas con olanes de promesas vacuas, la horripilan con sus rostros sonrientes. Se pelean por decorarla, la ornamentan de mil grotescos modos, la pintarrajean, la ponen en subasta. Cínicos mercachifles de la ilusión, abusadores del encanto provincial de nuestra madre, proxenetas empeñados en exprimir lo más que se pueda de su belleza intrínseca.
Pero también sabemos que se cansarán de ella, que una vez adquiridas las ganancias,  la abandonarán a su suerte para que haga lo que pueda con sus adornos ya inservibles, dejarán que se deslaven sus olanes de vinil y plástico, que se achicharronen sus carteles en postes y árboles, que se agriete su maquillaje de letreros en cientos de bardas, que se quite tanta suciedad de encima por sí sola.
¿Y el resto? Somos los hijos impotentes, arrinconados, amedrentados por un bombardeo visual, ensordecedor y maniatante, que nos asegura que todo irá perfecto, que ella estará en buenas manos, que todo lo hacen por su bien y por el nuestro. Hijos atormentados de una madre en el borde del abismo.
Tal vez en algún momento lleguemos a una mayoría de edad, a una madurez social que nos haga capaces, por fin, de defenderla, de impedir que vengan nuevamente a organizar su compra-venta.
Cuando ese día llegue, habremos dado por fin el gran salto que se esperaba de nosotros mismos para poder, orgullosamente y con razón, celebrar nuestra  revolucionaria independencia.

Thursday, February 28, 2013

En el límite de la resistencia existencial

Hace un año (días más, días menos), comencé una aventura que en su momento me supuso un escalón arriba. Pasé a formar parte de una administración pública con un grado que supone cierta jerarquía. Sentí un poco de temor; ya saben, los cambios suponen esfuerzos adicionales. Los amigos me alentaban, y los que me conocen y me sienten como muy capaz de más cosas de las que yo mismo me siento capaz, se alegraron sinceramente.
Pero las cosas sucedieron en una dinámica de estira y afloja. Hice algunas buenas cosas, organicé eventos interesantes, claro, con el apoyo de más personas. Pero de manera paralela, me fui inbuyendo de actividades que desde siempre me han fastidiado la tranquilidad.
La cosa se fue desgastando, o me fue desgastando a mí y a mi paciencia y a mi estabilidad emocional.
Los dos últimos eventos fueron ya el acabose de mi paciencia. Lidiar con una visión diferente de lo que yo entiendo por cultura, es cansado, sobre todo porque la parte que manda, y por ende la que paga, no estaba tan interesada en mis propuestas, sino en su visión de actividades multitudinarias enfocadas al apapacho inmediato de la gente.
Creo que en parte puede ser mi culpa. Me explico, me dejé cansar, me dejé convencer por el resto de los compañeros de trabajo que no había mucho qué hacer entre tanta indiferencia. Y sin contar con apoyo moral, sin presupuesto adecuado, sin ganas de hacer enlaces, visitas, gestiones, papeleo, labor de convencimiento, pues los resultados eran eventos pequeños, para poca gente, sin pedir nada en el departamento administrativo y sin informar acciones ni resultados más que al final de año, en una diminuta mención de actividades culturales en el segundo informe de gobierno municipal.
Bueno. Muchas veces le dije a las pocas personas con las que logré charlas intelectuales, que acabaría renunciando; aunque, como me ha sucedido en otros casos, no logro desvincularme de tajo de este empleo. Algo me retiene, es como un sabotaje (de hecho, ayer me regañaron porque, por no lograr este rompimiento saludable, ya estoy saboteando otro proyecto que realmente me emociona y que al mismo tiempo temo abordar ya con decisión).
El objeto de todo esto es dejar salir esta como frustración, es ver plasmado en la pantalla lo que no estoy escribiendo, que es la parte más visceral de mi estado laboral actual.
Quiero poder botar todo así nomás, como otros, pero no lo puedo hacer con ese desparpajo. Aún así, como hoy, me atrevo a simplemente no hacer acto de presencia en nada y dedicarme exclusivamente a mi trabajo creativo.
Este es el boceto de mi proyecto.
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