El metiche de marras

lo mirable del thurmasthell aquel

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Wednesday, May 18, 2011

Entrenados en la mentira

Cómodamente instalado en el observatorio de las fechas, el día de las madres me sorprende con su andanada de hipocresías, de regalos absurdos y de juramentos y promesas y todo eso que reconcilia por el resto del año a los muy valemadristas vástagos de aquellas.

Luego veo la oferta: Pájaros de totomoxtle, flores de plumas, flores de papel, animales de flores, animales de peluche. Pura cosa falsa, que sustituye a la auténtica. No veo animales que sean realmente animales, flores que sean simplemente flores, pájaros dueños de sus plumas. No, parece que entre más falsa sea la cosa tendrá mejor recepción. Así sea el detallito o la intención, el abrazo o la promesa. Todo, todo se ostenta como falso. Y a las madres, qué les queda, ellas mismas están dispuestas a aceptar la evidente falsedad.
Siguiendo con el ámbito de las madres: hay detergentes que contienen jugo de limón auténtico, mientras los jugos envasados tienen saborizantes artificiales. Pantalones envejecidos en una planta en Camboya se venden a altísimos precios, mientras un pantalón envejecido por el uso es vilmente menospreciado. Tintes para el pelo, cremas antiarrugas. Veo a la salida de las escuelas donde se hacen los festivales para aquellas, niños que engullen una monstruosa cantidad de sabores artificiales poco menos que insufribles, pero tercamente renuentes a comerse un natural rábano o una lechuga.
Fachadas de casas cuya mampostería que simula ladrillo escarapelado es elegante, pero una pared sin revocar es poco menos que una pocilga. Etiquetas que simulan balas o destrozos en un auto se ven de poca, pero un auto balaceado o abollado es horrible. Las tiendas de regalos y de muebles rústicos son cool, pero una casa pobre, con mecates y tablas y troncos para sentarse no es tan linda.
En ese poderoso juego de seducción establecido entre una mujer y un hombre, es éste el que despliega toda una gama de frases conmovedoras, poetiza sus deseos, disfraza con elegante fraseo su muy simple ansiedad de acoplarse sexualmente con ella. Muy en el fondo la mujer sabe cuáles son sus verdaderas intenciones, y aunque quizá intuya que aquel está mintiendo, prefiere esas mentiras a la simple aceptación directa de sus mutuos y efímeros deseos.
Recuerdo un cuento medieval donde a una comarca llega un juglar ofreciendo el espectáculo de imitar el gruñido de un cerdo. La gente se coloca a su alrededor mientras éste se envuelve en la capa con el brazo derecho haciendo un hueco, como su ahí cargara al animal. A una petición de silencio, el hombre oculta la cara entre la capa y la gente puede escuchar sorprendida el gruñido de un cochino. Al retirar la capa y mostrar que ahí abajo no hay nada, todos prorrumpen en aplausos. En una de esas ocasiones, un granjero se acerca y sin dejarse impresionar, le asegura al profesional que él puede hacerlo mucho mejor y lo reta, ante la burla de los circundantes. Al día siguiente se ven las caras el imitador profesional y el granjero, el cual lleva puesta la capa. Cuando al imitador le toca su turno, con excesiva teatralidad hace el ademán de cargar el cerdo en brazos y ejecuta el sonido. Nuevamente la gente aplaude rabiosa en tanto insulta al retador, el cual ha estado todo el tiempo con el brazo cubierto por la capa. Cuando a éste le toca el turno y hace el ruido, la gente lo abuchea, declarando que es el imitador y no este pelmazo, el que mejor reproduce la voz del cerdo. Para escarmiento de todos, el granjero se descubre el brazo y demuestra que todo el tiempo ha tenido ahí a un verdadero cerdo, y que lo que escucharon es la voz de un animal de verdad y no la imitada por un hombre.
Rehuimos enfrentar lo grotesco, lo que nos pone en evidencia. Por eso preferimos prestar atención a vanalidades televisivas y de espectáculos mediáticos antes que enfrentar una realidad sangrante, doliente, pesarosa. Amamos lo irreal porque la realidad parece no amarnos. Nos esmeramos negando lo real pero nos evidenciamos inmersos en esa realidad. Ansiamos sustituirlo por algo que se ostente como falso en un afán, quizá, de creer que la miseria cotidiana también es falsa. Pero ahí está. Hasta que la aceptemos sin maquillajes, sin trabas, y sin culpas. Creo que sólo entonces comenzará a desvanecerse para ser, efectivamente, más agradable y mejor llevadera.
Parece que en este asunto de la aceptación de la verdad, pocos estamos dispuestos a soportarla. Quizá sea por eso que la mentira, la falsedad, lo artificial y lo frívolo cunde con total libertad. El día en que la verdad no constituya un escándalo ni una vergüenza, habremos por fin dado ese paso como humanidad del que mucho se habla, tan necesario y a la vez tan pospuesto.

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